sábado, 1 de diciembre de 2007

Allí pudo ocurrir
como un pájaro blanco
otra infancia cromática
en otro decorado
menos severo
y con más pájaros
en el alero.
Tan grandes, tan enormes
fueron sus culpas
que no cabían
ni de costado
en su raquítica
geografía.
Con los indios de plástico
jugaba a cementerios:
la vida era una tumba
o la caricia un féretro;
el amor una cruz nominativa
o el tiempo
un esqueleto
creciéndole
a cada juego
aún más cadavérico.
Él era
posiblemente todo un niño
o la vivencia
de una calleja estrecha y tétrica
-¿fue la “de los quemados[1]”?
con ningún pueblo dentro
pero con la mirada abalconada
hacia las afiladas
y asesinas agujas
del tiempo.
Quizá había “cambiado” por el último
TEBEO
una oración sin fe,
esperanza o maldad.
O quizá, en un descuido de alegría,
le habían sustraído
sus torres góticas
(por las que gateaba
hacia los ángeles),
sus escaleras
barrocas...
(por las que acariciaba
a las alondras)
o sus
esquilones románicos
(con los que pretendía
él tocar a arrebato
la palabra de Dios).
Pero él no tuvo manos,
aún puesto de rodillas,
al alcance de un beso
que no amargara a vida
o a “fanta” de naranja suicida.
No tuvo manos para abrillantar
los cristales quebrados de la escuela
ni tuvo manos para resolver
ecuaciones anónimas...
(Con aquellas fracciones
cada vez más idénticas
al tiempo
no tuvo tiempo
para buscar
dentro del tiempo
un islote desierto
del tiempo).
Tampoco tuvo tiempo
ni pulso en las mejillas
para reverenciar
un falso padrenuestro
en que el cielo
no es una isla del tiempo.
No le vi hacer veleros de papel
en ningún río impreso
(guardaba los recortes de su tiempo
en perseguir senderos).
No le vi que rompiese
a patadas del alma
ningún árbol, ningún gusano.
Era un niño tan tímido
que, al verme, abandonaba la tristeza
en el balcón central
de su conciencia
y añadía una nueva historia
a su trágico cuento:
El tiempo era un espejo
eterno...
[1] La “Calleja de los Quemados” de Llerena era el final del camino que seguían los condenados a la hoguera por la “Inquisición”.