sábado, 1 de diciembre de 2007

CAPÍTULO XXIV Y ÚLTIMO

Al menos de vosotros
sabemos
que seréis versos
irregulares
durante el esqueleto
del tiempo.
Pero yo ¿quién podría ser:
un tiempo, dos
vientos o medio aliento?
No es suficiente
encardinarme al agua, al fuego
en una arquitectura humana
de aspas entrelazadas
más altas que la torre de babel.
(No obstante
mi altura
no les provocaría
a los dioses el vértigo y la envidia).
Olvida que respiro o miro,
que respondo y ahondo,
que adonde voy regreso
y al volver vuelvo
absuelto
y al orto.
Olvida
que me levanté al alba
y a la injusticia
con los labios al mismo viento.
(El sol aún no marca
los músculos del tiempo
sobre mis huesos).
Y lo que hoy me sucede
es cosa de otros tiempos.
Y como en otros tiempos
sucederán los mismos hechos,
llámense Pedro,
Noé o Proteo.
Al azar no compuso Dios
los hechos
ni al azar danza el cosmos
ni el más pequeño de los cabellos.
En cualquier tiempo
se repiten los mismos hechos
con la misma medida, con el mismo
número, con el mismo peso
y con los mismos versos.
(Si tú no me condenas
por blasfemo y héretico
te diré que el tïempo
simplifica el cüerpo
asegurándole
la eternidad de los
huesos).