sábado, 1 de diciembre de 2007

Esta noche pondréis en la mesilla
del sueño un cenicero para los
recuerdos, un cigarro desprendido
del dolor, un bolígrafo con el
que inventariar las quejas del espíritu
(y también un vacío casi hueco).
El sucio cenicero era un recuerdo
de cuando el tiempo estaba lejos.
El cigarrillo viene tras el vicio
de consagrar los labios al füego.
El bolígrafo tiene
un deseo lascivo
de eternidad fingida.
Y el vacío será
la piel de una mentira.
Si te pienso, circulo,
me agacho,
regreso...
Pienso que a este momento llegas
como firma insondable de cualquier
esoterismo platónico o de
cualquier esquizofrenia no dislálica.
Habla la cama
al contacto esporádico
de mis brazos alérgicos y el humo
se expande por el sueño.
Acontece una tarde
o quizás un tiempo viejo.
Y no comprendo
mientras recuerdo
que he violado el secreto...
(Si yo me transformara
en hormiga o saliva... el algoritmo
que Dios oculta,
cabe su lejanía,
me recriminaría...).
Pero ¿por qué cantar bajo un cristal
y reír para una
verde mujer?
¿Porque a los ángeles
le crecen los bostezos,
porque a los hombres
le crece la muerte,
porque a ti, como cosmos u hombre,
te desdibuja
una desesperanza? ....
Yo quisiera acabar con el momento,
entrar en el instante,
satisfacerlo;
beber un hombre,
regurgitarlo.
Pero ya es inútil
respirar o querer
un molino de adviento,
alguna isla de cierta mar.
Al final alguien y otros
se jugarán la herencia, el nombre, el título
y el apellido. Y para nosotros
quedará, sin embargo, un cenicero,
un cigarrillo
y hasta un bolígrafo
con el que eternizarnos
(tan sólo
por un momento).